Argumentación y dialéctica del Proslogion

Víctor Pajares

Abstract


La formulación de un argumento resulta de la simple conjunción de conceptos claros de la mente, de los cuales deriva inmediatamente un asenso por medio de la asociación o de otra operación especulativa inmediata. Esto significa que argumento no equivale a una demostración en sentido estricto. Anselmo ofrece una definición de Dios con el fin de mostrar la racionalidad de su existencia. No tiene la pretensión de dar una proposición inmediata.
A veces se pretende ver en la dialéctica una cierta superación de la lógica, pero no hay por qué sospechar que éste sea el caso de Anselmo; más aún, hay constancia de que era un gran lógico. A continuación aparece a grandes líneas una fundamentación de la dialéctica, con el objeto de servir de base para el conocimiento del método anselmiano. Se ha dicho que la dialéctica ocupa el lugar primordial en las siete artes liberales del Medioevo. Se define como disciplina bene disputandi; divisio naturalis omnium substantiarum o substantiarum omnium collectio. Anselmo usa la dialéctica, pero ésta no nace con él en Occidente, sino con Sócrates y Platón.
Para Platón no basta una mera afirmación, ya que en los puntos decisivos se presentan ciertas dificultades a quien va más allá; a menudo las respuestas llevan a consecuencias imposibles. Debemos pensar dialécticamente, ya que el pensamiento dialéctico es el movimiento o impulso del hombre hacia el conocimiento.
Entre los pensadores cristianos la jerarquía tradicional de los modos de conocer es siempre la fe, la inteligencia de la fe y la visión de Dios cara a cara. Esta clasificación parece sospechosa al pensamiento moderno, acostumbrado a contraponer fe y razón. Parecería que la fe debería ocupar un grado más alto que la razón. Sin embargo, para un medieval la inteligencia ocupa un peldaño más alto que la fe, ya que siempre se trata de la inteligencia de la fe y no de la razón que excluye o prescinde de la fe. Consecuentemente es más meritorio comprender lo que se cree que creer algo sin comprenderlo, en cuanto tiene más mérito una fe operante que una fe ociosa. Así pues, la tarea de la inteligencia es meditar lo que la fe cree.




DOI: http://dx.doi.org/10.3308/if.v5i10.57